viernes, 7 de diciembre de 2012

Modo Grinch ¡ya!

Diciembre es un dolor barriga.

Todos los almacenes llenos de gente, las calles saturadas de basura y más gente, los pinos talados para ser vendidos por precios ridículamente altos, pero que comparados con los que siguen pegados por sus raíces a la tierra, no valen nada.

No entiendo para qué decir que Jesús nació el 25 de diciembre, si aparte de que la biblia no corrobora esa información, tampoco manda a celebrar su cumpleaños. ¿Cómo lo haría, si el propósito de la navidad son los excesos y el consumismo, en vez de compartir con los que menos tienen?

Si tuviera que sacar algo no corrupto en esta festividad, sería la posibilidad de comer pavo o jamón, porque el resto del año no hay en ningún supermercado y si lo encuentras, no es a un precio justo.

Comer es bueno, pero por lo demás, sinceramente, no entiendo. Ni los foquitos de colores que gastan más electricidad, ni lo arbolitos propensos a incendiarse por un corto circuito, ni la competencia de maquetas de pastorcitos que contradice la humildad en el nacimiento del hijo de Dios, ni la idea absurda de que un hombre entra por las chimeneas a dejarte regalos. Si acaso visitará las casas de Boquete y Volcán porque con las calores que hacen en David y la mayoría de las poblaciones en todo Panamá, ¿qué loco tendría una chimenea para traer más calor?

¿Alguien me explica?

lunes, 3 de diciembre de 2012

Pintando Sonrisas en David, Chiriquí

Uno reflexiona y empieza a entender de verdad cuando vive, cuando experimenta, cuando le toca.

¡ Wao, qué difícil es pedir !

El lunes se llevó a cabo la actividad para recaudar fondos para los niños de Bayano, Capira y Haití de la que les había hablado en la entrada anterior. Con mi alcancía en mano me encontré en el Parque Cervantes con un grupo de jóvenes a quienes también les correspondía voluntariado en horas de la tarde. El grupo de la mañana había hecho tan pero tan buen trabajo, que si le echabas tu mejor discurso a la gente que estaba sentada en las banquitas o alrededor de la fuente, te decían: ¿de nuevo? ó ¡ya yo pinté!

 No había de otra más que salirse de ese perímetro y recorrer las calles de David, debajo de ese sol de medio día y deteniendo a gente apurada y estresada por las compras de navidad. Debo confesar que mis primeros intentos por conseguir un par de moneditas para la alcancía bajo mi responsabilidad, fueron decepcionantes. No hagas que alguien con muchas bolsas se detenga a escucharte el por qué andas sudaba y asoleada, te van a ignorar, o te van a poner mala cara. Aún si cargas orgullosa tu carnet que dice "voluntaria", las personas para estas fechas van a lo que van. La idea de meterme a un restaurante e interrumpir a otros mientras comen se asomó por mi cabeza, pero lidiar con la vergüenza de que el dueño del local me largara no me dio buena espina. Así que la estrategia fue otra: todo el que esté con las manos vacías, parado, esperando taxi o bus, comiéndose un raspado o similares, es candidato para donar.

Todo está en la actitud y las palabras. Antes de pintar sonrisas ajenas, me pinté la mía: nadie quiere darle nada a alguien que carga cara de insolación.  

Si superas la pena, ayuda a otros a superar la suya. Me sorprendió ver cómo la gente empezaba a desembarazarse al explicarles que un centavo también cuenta, que toda contribución es valiosa por pequeña que fuese. Muchos con voz tímida me dijeron "sinceramente sólo cargo para el pasaje" y yo les respondía: "tranquilo, será para la próxima". Lo entendía totalmente, yo sólo cargaba mi cédula y mi celular en la cartera. Esperaba a que mi novio saliera del trabajo para regresar juntos a casa. 

Mi alcancía tenía muchos centavos, pero lo importante era que pesaba cada vez más y aumentaba mi  motivación. De repente, la gente bromeaba conmigo y mi compañera. Ya no sólo habían centavos y cuaras, habían monedas martinelli (está escrito en minúsculas el apellido de su presidente a propósito) y billetes. ¡Qué bien!

Pasamos varias veces por los mismos almacenes abarrotados y los propios trabajadores de la construcción se metían las manos al bolsillo y donaban. Era super gracioso cuando algún osado te preguntaba ¿a mí no me va a pedir? Tan sólo se les respondía con una sonrisa: "me alegro que no haga falta".

Sí es verdad que hubieron momentos incómodos, pero fueron los menos.

Curiosidades:

1. Me encontré con una víctima del dietinel glicol que me contó su historia.
2. Los policías en bicicleta también cooperaron, no sin antes preguntarnos dónde estaban nuestras oficinas.
3. Una joven nos dijo que no había sede en Chiriquí, es decir, cuestionó la existencia de la Fundación Yo pinto una sonrisa acá. Luego de explicarle, contribuyó con un dólar. 
4. Mucha gente no había cobrado siquiera, aún así donaron.
5. También donaron turistas.
6. Me tope media familia y barrio, todos colaboraron.
7. Si un hombre vacila a una mujer y ésta se regresa a pedirle plata, se pone colorado y no le queda de otra más que donar.

Definitivamente que fue algo nuevo, me encantó hacerlo y por supuesto que lo repetiría. Las satisfacciones son muchas, no sólo el saber que estás haciendo algo bueno por otros que lo necesitan, sino que aprendes más de la gente. Hay variedad de personalidades en David, Chiriquí, la mayoría con algo en común: la generosidad. Se siente delicioso saber que tu comunidad en general, tiene un gran corazón.

No me creo experta en esto de pedir dinero a extraños, pero creo que mi consejo para alguien que lo hará por primera vez sería el personalizar el momento. Yo por mi parte me presenté con  mi nombre de pila antes de hablar del objetivo de la colecta. Y si había ocasión de estrechar la mano al  dar las gracias, lo hacía. Es una persona que quizá no vuelvas a ver, pero a la que tratas como a tu igual, como un compañero más en la colecta y no como fuente de ingresos para tu propósito.


Ahora que tengo una idea de lo que implica una actividad como ésta en cuanto a apoyo y organización, admiro más a todos aquellos que tienen la iniciativa de dedicar sus vidas a este tipo de ayuda. Aún así, sabemos que los programas de fundaciones como Yo pinto una sonrisa, aunque son de gran ayuda, no son suficiente. Hay tanta necesidad en el mundo, tantos niños en riesgo social, que entristece mucho la actitud de nuestros actuales gobernantes. Se necesita mucha plata sí, pero se necesita más que nada: conciencia e interés.

La gente adulta, tanto padres como políticos, deben dar un mejor ejemplo. Los valores como honestidad, respeto, responsabilidad, equidad y paz son fundamentales en la familia y en la sociedad. La distribución de la riqueza en Panamá, es la trastada y mucho de ello es a causa de la corrupción gubernamental. La filantropía es un paliativo, entonces ¿qué espera el gobierno para crear políticas de salud, educación y alimentación que lleguen a todos por igual?

Confío en Dios que algún día los niños del mundo entero serán satisfechos en todas sus necesidades y ya nadie tendrá que pintarles una sonrisa, ellos solitos nos la regalarán.

Por último, aprovecho para mostrar mis respetos a los familiares de los miembros de la Cruz Roja que fallecieron por el deslizamiento de tierra durante las inundaciones en las provincias de Panamá y Colón. Gente como ellos son los verdaderos héroes de patria. También a todos los que siguen trabajando por el prójimo, aunque eso implique poner sus vidas en peligro.